Relación desfibrilador precio: ¿Qué coste se considera elevado por salvar una vida?

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Año 1966. En Belfast, en el Hospital Royal Victoria, el profesor John Anderson (especialista en ingeniería médica) crea junto a su equipo el primer desfibrilador móvil del mundo. Tras seguir distintos pasos evolutivos durante décadas, en 1998, el mismo hombre que inicio el camino funda HeartSine, que tiene como objetivo crear aparatos más ligeros, sencillos y manejables. Poco a poco, las principales casas comerciales del sector empiezan a sacar los primeros modelos y la comunidad médica se asombra por su facilidad y manejo. Pero, a pesar del impacto que tuvieron, su uso por parte de personal no sanitario suena todavía a utopía.

No es hasta unos años después, con la irrupción de la evolución informática, cuando se empiezan a hacer realidad diversas soluciones para facilitar su uso. Aun así, en aquel momento seguía existiendo un gran inconveniente: el elevado coste.

Evolución del precio

En sus primeros modelos, los precios de un desfibrilador externo eran totalmente prohibitivos para casi cualquiera que no fuese una entidad gubernamental, sanitaria o militar de un país desarrollado. Con los años, la evolución tecnológica y el coste de estos aparatos han recorrido caminos diametralmente opuestos. Han disminuido en peso, tamaño, complejidad de manejo y precio, siendo hoy por hoy aparatos seguros, fiables y, lo más importante, muy accesibles. La mayoría usan ya programas informáticos que, tras colocar los electrodos, te indican de manera clara los pasos a seguir y si, por ejemplo, tienes que desfibrilar o no a la víctima. Si tenemos en cuenta que más del 90 % de las fibrilaciones ventriculares revierten por si solas si en el primer minuto tras el paro cardíaco se realiza una desfibrilación, solo nos quedaría saber si, desde el punto de vista estadístico, nos saldría rentable su compra.

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Relación coste-beneficio

Para muchas empresas y organismos el precio de un desfibrilador externo hoy día sigue siendo demasiado elevado, (oscilan entre los 1.200 y los 2.500 euros), por lo que parece entonces capital saber si ese dinero se puede convertir o no en una gran inversión en el futuro.

En diversos estudios ha quedado patente que el uso de estos aparatos reduce de manera drástica la mortalidad y las secuelas que se pueden llegar a padecer por sufrir periodos prolongados de anoxia cerebral. Personas reanimadas de manera tardía sufren casi un 40 % más de lesiones cerebrales moderadas y graves, que generan a nivel económico, laboral y familiar un elevado impacto por sus prolongados ingresos hospitalarios.

Dejando claro de antemano que la vida de una persona no tiene precio, vamos a poner un ejemplo bastante claro y frío. En una empresa, un trabajador con un salario medio sufre una muerte súbita. No se dispone de desfibrilador y se ha empezado por parte de sus compañeros una maniobra de soporte vital básico. La ambulancia tarda en llegar siete minutos y, tras quince minutos de esfuerzo, consiguen recuperar esa vida. Hasta aquí todo bien.

Saltamos un año en el tiempo. El trabajador sigue ingresado. Sufrió secuelas graves y está incapacitado, por lo que es improbable que vuelva a trabajar nunca. Todo el tiempo que ha estado de baja, su empresa ha estado pagando su sueldo y el de otro trabajador que lo ha tenido que sustituir. Además, cómo el percance se produjo a raíz de un accidente laboral, se han pedido indemnizaciones millonarias y la empresa tiene varios juicios pendientes. Sin contar el coste humano (que recalcamos, nos parece imposible de tasar), ¿le sigue pareciendo que un desfibrilador con un precio de 2.000 euros es caro para una empresa?

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